Opinión
19Ene2015

Un pequeño edificio: el Molino San Bernardo.

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No sé si era por mi corta edad o por lo llamativo de la construcción que lo veía tan imponente. En la esquina de San José 010, en San Bernardo. Su blanca fachada me llamaba la atención y la forma de caja cerrada era particularmente llamativa. Además en la parte trasera unos silos y tuberías se elevaban transportando el trigo.

Hace unos meses pasé por ahí nuevamente, luego de años, y me pareció un pequeño edificio, casi sin importancia al lado de enormes molinos como, por ejemplo, el de Carozzi en Nos, obra de Emilio Duhart.

Sin embargo, es como esas pequeñas joyas escondidas, recuerdo vivo de arquitecturas pasadas y de vivencias de infancia. Pertenecen al imaginario colectivo de muchos/as seguramente y actúan como

referente o ícono de un lugar. Su ubicación privilegiada, a un costado de la vía del tren y en una esquina muy transitada de la ciudad, hacen casi imposible el no verlo al menos por un momento.

Son los pequeños edificios y sus funciones, los que muchas veces nos ayudan a crear barrio y ciudad. Son estas pequeñas muestras de arquitectura industrial las que tejen, frecuentemente, la trama urbana y las relaciones de las personas con su ciudad.

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