Opinión
19Ene2015

Descubrir y Redescubrir un Barrio

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Caminando por el sector de Bellavista, y asándonos con el calor de la tarde en Santiago, nuestros pasos nos fueron llevando hacia un rincón inesperado. A espaldas de la vorágine comercial de Patronato y del sector bohemio y cultural (o pseudo-cultural) de Bellavista, a espaldas de la ciudad si se quiere, entre el Cerro San Cristóbal y el Cerro Blanco, nos topamos con un barrio, que sin saber cómo se llama, y al parecer sin tener mayor significancia ni trascendencia urbana, nos mueve a recorrerlo, sinuosamente, por sus manzanas, nos sorprende en las esquinas, nos muestra de a poco sus riquezas...


En Santiago y en otras ciudades de nuestro país, durante muchos años se ha subestimado la importancia y el valor estético y arquitectónico de los lugares simples, más bien anónimos, alejados de las grandes calles, los grandes creadores y las grandes situaciones históricas, de importancia más bien local o ceñida a un territorio pequeño e insignificante para la ciudad, pero dentro de los límites de la micro-ciudad, cobran vital relevancia para la consolidación de la vida de barrio, la uniformidad y coherencia urbana, ayudando de manera sutil y soterrada, a generar el carácter propio de los lugares.

El sector aledaño a la Avenida Perú, en la comuna de Recoleta, es uno de esos lugares situados, si se puede decir así, de manera tangente a los grandes recorridos y a los principales flujos de la ciudad, a trasmano si se quiere.

Dentro del largo periplo que nos llevó esa tarde, el barrio se nos fue mostrando primero como un grupo de chalets y casas aisladas, no demasiado grandes, pero que conformaban un espacio tranquilo y armonioso. Estas apacibles construcciones, de los más diversos estilos, construidas principalmente en los años 30, 40 y 50, algunas de ellas de gran calidad estética, daban la engañosa apariencia de pertenecer a otro barrio, a otra comuna incluso. Transcurridas un par de cuadras se nos aparece otra forma de construir la calle, otras manzanas, con árboles más grandes y añosos, y con casas de fachada continua, ahora de un piso, más antiguas, posiblemente levantadas en los años 20, que responden más a la tradición constructiva de la mayoría de los barrios antiguos (a excepción de Providencia, claro). En el calor abrasador de la tarde, bajo los árboles que curiosamente (en verano) dejaban caer sus grandes hojas, se nos fue develando el lugar. Las casas son altas, aunque no descomunales, pero lo que más nos llama la atención son sus fachadas... todas distintas entre sí, en forma, en composición, en decoración, materialidades y sobre todo texturas y motivos ornamentales, pasando desde influencias neocoloniales, neoclásicas, art-nouveau, composiciones ornamentales pseudo cubistas, etc., pero sin embargo, todas respondiendo al mismo patrón, el mismo tamaño, probablemente la misma o muy parecida distribución interior entre ellas, y muy probablemente, obra del mismo -y anónimo- arquitecto.

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Es un conjunto disperso, irregular, compuesto al parecer por varios pedazos de manzanas, sin completar ninguna al parecer, y sin configurar un orden predefinido... sencillamente las casas están puestas allí, a veces de a pares, o conformando pequeños grupos, compartiendo la calle y las veredas con otras casas, menos diseñadas, más neutras, más antiguas probablemente, y de seguro de otras mentes creadoras, anónimos constructores y maestros, pero que completan las manzanas y le dan coherencia y continuidad al espacio urbano.

La historiografía nos señala que posiblemente estas casas fueron diseñadas por Luciano Kułczewski García, el más destacado (y único, tal vez) arquitecto chileno del art-nouveau... aunque también hay rasgos característicos de otros arquitectos, menos conocidos y estudiados, pero también importantes en el desarrollo de los estilos y en la conformación de los distintos barrios, como Alberto Álamos Ramos y Julio Machicao Fuentes, quienes también dotaban a las fachadas de ricas conformaciones volumétricas y diversos tratamientos en la materialidad y en las texturas.

Es curioso comenzar a fijarse en una fachada y luego darse cuenta que las fachadas adyacentes son parecidas volumétricamente, pero absolutamente distintas en sus detalles y en su composición, abundan acá los motivos florales, los rostros femeninos, algunos de ellos trabajados con gran originalidad, las tejas chilenas, la multiplicidad de texturas, la asimetría de sus vanos, la singular composición de las ventanas, los vitrales, etc. Y más curioso aún, es que estas son casas relativamente pequeñas, sin mayores pretensiones, de sólo un piso y en un sector históricamente pobre y descuidado.

Algunas casas -todas distintas entre sí- han sido gravemente modificadas, algunas de manera irreversible; varias de ellas hoy en día son ocupadas por talleres de confección, atendiendo el sostenido desarrollo comercial del sector de Patronato, situado a escasas cuadras... Y un poco más allá, en la Avenida Perú, numerosos edificios de departamentos, de 15 a 20 pisos, han destruido, quizás para siempre, esta frágil conformación urbana del sector, asimilable formalmente a comunas como Providencia o Ñuñoa, pero que curiosamente se generó acá, en un sector sin grandes cualidades urbanísticas o arquitectónicas, a espaldas del Cerro San Cristóbal, y cerca de hospitales y cementerios.

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Es un deber para nosotros hacer notar el grave descuido que ha sufrido este sector, que yo alcancé a conocer aún sin edificios, durante mis esporádicas caminatas de la niñez, a mediados de los 90, cuando pequeños espacios como éste me abrían la mente y me impulsaban a conocer más, a avanzar un poco más allá, a decidirme por la arquitectura, a sentir en carne propia el valor de las construcciones de antaño... a ir en busca de lugares que me entreguen emociones...

Sin embargo, a pesar de todo, aún es un buen lugar, se respira en sus calles (o por lo menos ese día en particular) la tranquilidad y algo de la belleza de las cosas simples, de los lugares aún no afectados por el desarrollo brutal ni por el ruido ni la basura de la urbe; con el magistral fondo del Cerro San Cristóbal, que respalda y casi “protege” el sector... sin duda, ha sido un bello redescubrimiento, para quienes gustamos de la ciudad y somos capaces de ver belleza debajo del smog y las micros y la gente apurada y seria.


Este artículo fue publicado originalmente el 10 de enero de 2007 en el antiguo blog.

Fotografías de la galería: Sebastián Aguilar O. Año 2010.

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