Opinión
19Ene2015

Una cicatriz imborrable: el caso del Acceso Sur en La Granja

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Últimamente me ha tocado conocer realidades distintas de Santiago. Ir a las poblaciones de la zona sur, estar con la gente, conversar con ellos y ellas, conocer sus problemas y sus realidades, observar y experimentar, desde mi propia visión de arquitecto, pero también como ser humano consciente. Y hace algunos días, las circunstancias me llevaron a ocupar, como peatón, un espacio situado en ese contexto social, un entorno diseñado, pensado, planificado y orientado desde su más temprano origen hacia otra condición y realidad, el automóvil.

En general podemos decir que las grandes autopistas urbanas son un elemento necesario, casi imprescindible en la vida moderna de las grandes ciudades, el uso del automóvil y su masificación en todos los estratos de la sociedad es un hecho indiscutible y estudiado repetidas veces. Distintas soluciones y respuestas urbanas y arquitectónicas se han pensado y teorizado al respecto durante años, buscando mitigar la feroz influencia en la forma, la vida y el modo de habitar de las urbes.

Sin embargo, a pesar de estas búsquedas incansables, generalmente en todo el mundo -y Chile, claro, no es la excepción- las autopistas siguen siendo áreas inaccesibles, inexpugnables, donde la persona, el habitante y el ser humano como individuo no tienen cabida. Y peor aún, cuando la necesidad vial se hace demasiado patente, comienza a invadir la traza urbana, los equilibrios entre espacio público y privado, y las frágiles realidades construidas. Frágiles, a pesar de todo, pues frente a la irrupción de un elemento como una autopista, es bien poco lo que la ciudad, y especialmente los barrios, y sus vecinos, han podido hacer para seguir existiendo como tales.

Ejemplos hay muchos en nuestro país, y más radicalmente, en Santiago, donde desde hace más de 50 años los antiguos barrios tradicionales han sido salvajemente depredados y mutilados. Basta ver el caso de la Carretera Norte-Sur, construida a partir de los años 50, y que dividió radicalmente la ciudad fundacional y sus barrios históricos y patrimoniales, actualmente desvinculados y encapsulados, desprovistos del necesario contexto histórico y de su continuidad vial y espacial originaria. Sin duda, un horrendo crimen urbano, aún imposible de cicatrizar, a pesar de su antigüedad, y de su aporte que significa para la movilidad y el descongestionamiento viario. Sin embargo, claro, en aquellos años no se tenía una conciencia sobre el valor de las ciudades y su patrimonio arquitectónico, paisajístico y urbano, pero en estos años, se debiera suponer que sí existe una política y una conciencia de ciudad, no obstante, la realidad es otra, como lo muestran otros ejemplos más recientes, como la Autopista Central (Av. General Velásquez) y las nuevas líneas del Metro elevadas, que a pesar del valioso aporte a la integración e interconexión dentro de la ciudad, por su conformación en altura, se convierte en un cruel y ofensivo elemento de división, atentado absoluto al paisaje urbano y a la continuidad entre los barrios. Otros ejemplos, como Av. Vicuña Mackenna, la Av. Pajaritos, y las calles y avenidas recientemente ampliadas para sostener el creciente flujo vial, incluyendo la red de Transantiago (calles Lira, Av. Las Industrias, Santa Rosa, y otras) dan cuenta del mismo problema. Desvinculación y desarraigo de los barrios, bordes perimetrales convertidos en basurales, pérdida de la identidad de sus calles y espacios urbanos, inseguridad e impotencia de la comunidad, claramente indefensa frente a tamañas megaintervenciones.

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Y el espacio que nos tocó observar, hace un par de días, es absoluta muestra de eso. El nuevo Acceso Sur a Santiago, finalizado entre 2008 y 2010, que cruza distintas comunas de la ciudad, entre la Circunvalación Américo Vespucio hasta Angostura de Paine. Los territorios que más se ven afectados son La Pintana, Puente Alto y La Granja, incluyendo algunos de los sectores históricamente más pobres y postergados de la ciudad, y en las cuales la autopista cruza como un gran tajo sin miramientos ni contemplaciones, rompiendo la continuidad de los barrios, expropiando sus terrenos y viviendas, generando amplios espacios de nadie, ahora convertidos en microbasurales, y mutilando el espacio urbano tradicional y familiar con un elemento foráneo, en extremo agresivo, ruidoso y contaminante. El ejemplo más patente de esto, es en la zona de La Granja, donde el Acceso Sur se encuentra con Av. Américo Vespucio: el encuentro de dos enormes carreteras en el centro de un sector poblado, en el que conviven viviendas, fábricas y hasta un reciente edificio de departamentos. Una funcional pasarela rodeada de rejas, como una suerte de tubo-cárcel, crea la ilusoria sensación de vínculo entre ambos lados de Américo Vespucio, en el que el peatón está obligado a dejarse llevar por un conducto que deshumaniza cualquier posibilidad de interrelación con el paisaje y con el entorno inmediato. En los sectores aledaños a la autopista, el panorama no es muy alentador. Al necesitarse más y más metros de carretera, muchas casas fueron expropiadas, y donde antes habían calles, ahora coexisten retazos de muros divisorios, panderetas y rejas, e irregulares trozos de despuntes de terreno, conformando una triste cicatriz, pálidamente embellecida con pasto, algunos asientos y mobiliario urbano disperso sin orden ni sentido ni espíritu de uso, colocado sólo como un maquillaje  de progreso y cortesía alcaldicia hacia a los vecinos y su agredido barrio. Como medidas de mitigación, acordadas con la empresa constructora y la concesionaria de la autopista, y en acuerdo con los alcaldes de turno, estos elementos de ornato dan cuenta de una cruel burla al habitante modesto, gesto imposible de compatibilizar con esa monstruosidad de ruido y velocidad situada delante de las casas y los vecindarios. Y para sellar la ignominia, una ciclovía por calle La Serena, tal vez la más inútil y fragmentada de la ciudad, situada en los pocos retazos sobrantes de la expropiación, sin comienzo, sin final, y sin sentido, llegando incluso a la ridiculez de generar trozos de 4 o 5 metros de largo, bien construidos y cuidados, rodeados de pasto y veredas, pero absoluta y totalmente inútiles, llegando a ser burlescos frente a la ciudadanía y al espíritu de su uso. Junto con esto, pequeñas plazas con palmeras, algunos juegos infantiles, luminaria y pavimentos de distinto tipo, situados sin la más mínima planificación ni orientación al usuario. Claramente, en estos sectores más desvalidos, con gente humilde y de poco poder e influencia, y con casas de bajo valor económico, es un negocio rentable y conveniente situar autopistas grandes y abiertas, que en otros entornos serían imposibles de realizar. Y mediante las mencionadas medidas de mitigación, se intentó comprar a la población con un poco de pasto, rejas y mobiliario urbano, pero como ciudad y como barrio, esto es una herida mortal, degradante y humillante.

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Como comentario final, un trozo de la descripción de la autopista, sacado de la propia página web de la concesionaria:

“El Acceso Sur a Santiago consiste en el diseño, construcción y operación de una nueva carretera de 47 kilómetros, que nace en la circunvalación A. Vespucio con Av. La Serena en la Región Metropolitana y se une con la Ruta 5 Sur en el km. 51. Esta carretera con velocidad de diseño de 120 Km/hr considera, entre otros, la construcción de un túnel de 6 pistas y 2,9 Km de longitud, además de vías en triple y doble calzada, puentes y pasos de ferrocarril, intersecciones desniveladas (enlaces), construcción y mejoramiento de Av. La Serena y calle Cuatro Oriente, calles de servicio, pasarelas de peatones y ciclovías, pasadas de ganado y maquinaria agrícola menor y cierres perimetrales.”

https://www.rutamaipo.cl/quienes-somos

Acceso Sur


Fotografías de la galería: Sebastián Aguilar O.

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