Opinión
19Ene2015

Arquitecto Pablo Mondragón

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Artículo publicado originalmente el 15/01/2007, en lospostmodernos.blogspot.com.

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Partimos este escrito con una noticia que, pese a su distancia, causó tristeza. El día jueves 11 de Enero de 2007 falleció don Pablo Mondragón, arquitecto y profesor de la Universidad de Valparaíso. Recuerdo en este momento las clases que tuve con él de Historia de la Arquitectura que, pese a sus avanzados años y a su dificultad para caminar, las llenaba de vitalidad y amor. Su manera de explicar los fenómenos arquitectónicos, los movimientos, estilos, vanguardias e incluso –saliéndose de los márgenes de lo propiamente arquitectónico- la pintura, escultura y las diversas manifestaciones artísticas transmitía pasión. Se notaba que veía a la Arquitectura como un arte global, donde jugaban todas la expresiones creativas al servicio del bienestar del Hombre.

Fue ahí donde conocí la arquitectura oriental, poco conocida y tratada. Me fascinó la sencillez, lo práctico y lo profundo de ese modo de proyectar y construir del japonés. Incluso, recuerdo, un trabajo lo basé en torno a la Arquitectura japonesa y su relación con Rietveld y Wright. Fue un buen trabajo, sólo que escribí mucho y al margen de la hoja el profesor anotó algo así como “no tengo estudios en hermenéutica” ¿Qué era hermenéutica? Lo busqué y entendí, me pareció una chiste en demasía específico, me reí de la manera tan “intelectual” de decir “¿qué se cree, usted piensa que voy a leer todo esto?”. Un seis y algo fue la nota y, lejos de preguntar por qué, lo tomé como una divertida observación: "hermenéutica: arte de interpretar textos y especialmente el de interpretar los textos sagrados (según la RAE)". La clase se desarrollaba en una sala acondicionada con sistema de audio y de proyección, era bastante cómoda, pero un día lluvioso de invierno nos dimos cuenta de que adolecía de algo. La cátedra comenzó y el profesor empezó a explicar las diapositivas que se iban sucediendo, no recuerdo qué tema se abordaba. Tal vez debería señalar primero que la facultad donde estudiaba se encuentra en Playa Ancha, ahí el viento sopla todo el año y en período invernal se torna más fuerte aún. Cuando llueve las gotas caen casi horizontalmente y con gran fuerza, es un espectáculo digno de ver.

En un momento determinado comenzó a llover más fuerte y nos dimos cuenta de que el techo era de zinc y no tenía aislación acústica por lo que el ruido se hizo ensordecedor dentro de la sala. El profesor seguía explicando inmutable, pero alguien le dijo que no se escuchaba. Fue tragicómico ya que se esforzaba por alzar la voz (con los años que tenía no era tan fácil) mientras la lluvia reventaba cada vez más fuerte. Parecía una competencia.

Las veces que me acerqué a conversar con él noté que era una persona amable y de temperamento fuerte. Se veía mínimo y algo encorvado, pero al momento de hablar denotaba gran lucidez. Curiosamente al preguntarle acerca de sus obras no manifestaba gran apego hacia ellas, incluso había olvidado algunas. Para mí poseían gran valor estético, pues mostraban una marca propia de su modo de ver la Arquitectura inscribiéndose en lo que se llama Modernismo. Pero era un Modernismo reinterpretado, no una copia, había un sello -si así se puede decir-, que lo identificaba. En especial recuerdo la tienda de la Sastrería Inglesa en la calle Valparaíso, Viña del Mar (hoy mal transformada en una tienda comercial que destruyó su presencia convirtiéndola en un edificio más). Su escalera en espiral muy bien resuelta donde destacaba un mural abstracto y sus líneas generales finas y cálidas eran muestra de una intención pensada, de una proyección del uso del edificio hacia su aspecto y expresión. Sin ánimo de caer en alabanzas gratuitas considero que era una pequeña joya en Viña de Mar y que la ignorancia y la falta de preocupación ha hecho desaparecer.

Don Pablo ahora ya descansa, ya tenía sus buenos años y es justo que deba partir. No obstante algunos de los que nos quedamos aquí mantenemos su persona y su obra presente en el recuerdo... curioso, ahora al ver aquella casa de la foto será como ver la obra de alguien que ya no está, siendo que por tanto tiempo la vi como la creación de alguien que podría, tal vez, contarme cómo fue que la creó.

Rodrigo G. M.


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Es difícil hablar sobre esto. Uno no piensa que estas cosas lleguen tan luego... y aunque don Pablo hacía tiempo que envejecía y se deterioraba su salud (tenía 81 años), uno no se siente preparado y cuando el viernes recién pasado me enteré de su deceso, fue sin duda una triste noticia... Por varios motivos, este profesor de Historia de la Arquitectura va a ser recordado de manera especial. Y como modesto homenaje a su memoria, trataré de mencionar brevemente las cosas que recuerdo de él.

Entre sus alumnos, sus colegas y demás profesores era conocido sencillamente como “Don Pablo”, y a pesar de no ser el más antiguo profesor de la escuela, era el único que recibía ese trato singular.

Tuve clases de historia con él en 2º año, las cuales esperaba con ansias, por ser ésta materia la cual me apasionaba en ese momento de juventud... de hecho aún me apasiona, pero el ímpetu de esos años es algo difícil de describir con palabras. Sin embargo lo más memorable eran sus conversaciones y sus consejos... seguramente quienes fueron sus alumnos de taller pueden reafirmar esto, pero por lo menos en la cátedra de Historia nos hacía ver la arquitectura y el arte en general de manera siempre distinta, le otorgaba el valor que cada estilo y cada época tenía, no como una explicación meramente historiográfica, sino que el sentido que cada tiempo y cada cultura le daba a las obras arquitectónicas que producía. Es por decirlo de alguna manera un valor intemporal que tienen las obras, y que va más allá del ornamento y del mero “estilo”. Recuerdo también como anécdota el “pedacito de mármol del Partenón” que un alumno recogió en un viaje a la Acrópolis y se lo trajo de recuerdo... y que con agrado nos mostraba en clase...

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Al mismo tiempo, en que mis búsquedas y mi maduración como estudiante comenzaban a tomar rumbos definidos, comencé a admirar sus obras, pequeñas, modestas, pero llenas de encanto. De ellas la más memorable era la Sastrería Inglesa, situada en la Av. Valparaíso, en Viña del Mar. Junto con esa obra, que era la única que conocíamos en ese entonces, comenzábamos a informarnos, y algunas personas nos señalaron otras obras, no muchas, pero todas con ese sello que lo identificaba que le otorgaba un carácter distinto a la modernidad, siempre difícil e incomprendida. Si bien nunca entré a la Sastrería Inglesa, recuerdo detalladamente su fachada modulada como una composición neoplástica, sus interiores que se veían claramente desde la acera, sus muebles, el tiempo distinto e irrecobrable que habitaba su atmósfera, la preocupación por los detalles, por los materiales y la manera como se muestran, era en suma, un claro ejemplo de arquitectura del mejor nivel, al menos, del nivel al que se puede llegar en Chile y más aún, en provincia... Demasiado tarde nos preocupamos por conocer esta obra, cuando comenzábamos a disfrutar su presencia en la principal arteria comercial de Viña del Mar, los dueños vendieron la propiedad y la adquirió una tienda de espíritu mercantil que destruyó para siempre -con pintura blanca, luz fluorescente y estanterías atiborradas de productos- los frágiles detalles, el noble revestimiento y la armoniosa distribución interior y de fachada. Otras obras concebidas por él fueron la tienda Kosas, en la misma calle, y según algunos, la tienda Xuga, ubicada en la calle Condell, en Valparaíso. Ambas muestran su sello, la preocupación por los detalles, la especial ubicación de la escalera central, la distribución interior, la modulación de sus ventanas, la incorporación de elementos de arte en sus muros o detalles curiosos y únicos, como el estanque de peces bajo la escalera principal... pequeñas intervenciones, pero que ennoblecían y hacían elegante la actividad comercial, tan vulgar y chabacana en estos tiempos.

De sus casas, conozco muy pocas, mientras de sus edificios, sólo el Edificio Pagoda, situado en la Av. Libertad en Viña del Mar. Lamentablemente Don Pablo tuvo que soportar la triste destrucción o transformación de muchas de estas obras hace relativamente poco tiempo. Pero más lamentable aún es que las nuevas generaciones no tengan el privilegio de conocerlas y apreciarlas, y aprender de ellas la preocupación por el material, por las texturas, el espacio, la luz, los detalles, a veces gratuitos, pero que hacen que la Arquitectura se diferencie con nobleza de la mera construcción o de la ingeniería.

Y ahora que ya no está con nosotros, sólo me queda despedirme, pues el Maestro ya cumplió su labor...

Adiós y Muchas Gracias.

Sebastian A. O.


Enlaces relacionados:
- Vida y obra de Pablo Mondragón: parte 1, parte 2 y parte 3.
- Fotos de sus obras.


Fotografías de la galería: Gabriel Figueroa. Año 2007.

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