Opinión
20Ene2015

La Parroquia de Santa Lucrecia: la vergüenza del abandono

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El día lunes recién pasado, camino a tomar el metro Franklin, quise seguir una ruta distinta a la habitual siguiendo calles que me condujeran a la Población Huemul. Bajé por Sargento Aldea desde Zenteno, esperando encontrar alguna calle paralela a Nataniel Cox que me permitiera llegar atravesando la Población. Sin embargo, las calles se cortaban al llegar a General Gana, por lo que tuve que seguir caminando al poniente, hasta llegar a San Ignacio de Loyola.

Muy grata fue mi sorpresa al ir caminando y observar antiguas viviendas sociales que conformaban un barrio con un aire muy especial, ese aire que habla de barrio y costumbres de antaño. Un señor sentado en el umbral del zaguán de su casa peinando un pequeño perro mientras el sol caía, transmitía esa serenidad que sólo los añosos sectores del sector Matta Sur -y claro, como muchos otros en Chile- pueden otorgar.

Muchas casas de adobe y ladrillo, de uno o dos pisos máximo otorgan esa calidad de vida impagable que ninguna de esas torres horripilantes o esos condominios con guardia a la puerta entregarán jamás. Calidad de vida con tradición y bullantes de cariño por el barrio.

Tomé así San Ignacio de Loyola hacia el sur, viendo que aún se mantienen en pie testimonios de años en que Santiago de diluía en fronteras más estrechas y lo rural se entremezclaba con lo urbano. Al llegar a Bio-Bio subí hacia el oriente, caminando junto a un eterno muro de una antigua construcción que, creo, perteneció a la FAMAE y ahora funciona como bodega. Espero algún día entrar porque es una fantástica obra de albañilería que pareciera ser una enorme catedral.

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Al llegar a Lord Cochrane tomé hacia el sur y luego por Placer hacia el oriente. Triste sorpresa me llevé al ver la entrada de la iglesia de la Parroquia de Santa Lucrecia envuelta en bandas plásticas señalando un desteñido "peligro", que denotaba que hace bastante tiempo fueron puestas. Y más triste e indignante aún fue comprobar el porqué estaban ahí: advertían sobre la posibilidad de derrumbe del portal de entrada, debido al debilitamiento que sufrió por el terremoto de 2010. "Tres años han pasado y nada se ha hecho", pensé. No puedo entender esta desidia cultural, ¿cómo es posible que después de tres años nada se haya hecho más que colocar una burda señalética para que la gente no se acerque. Es inaguantable que nadie se haga cargo de restaurar edificaciones que más allá de su indudable belleza arquitectónica, son testimonio de una época y nos pertenecen a todos/as como chilenos, independiente del credo religioso. No concibo cómo después de tres años siga ahí, abandonada a su suerte, cerrada, imposibilitada de ejercer su función de templo y privada de ofrecer su belleza estética.

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Este país olvida pronto y es cruel con su pasado, es el país del no hacerse cargo, del pasarse la pelota y de mirar para al lado. El país donde la palabra Patrimonio es sólo para ganar votos, pero suena vacía en boca de quienes, sin vergüenza alguna, dicen ser las autoridades de este país.

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