Visita al Cementerio Municipal de Copiapó

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Fundado en 1854 en los terrenos donados por el filántropo y hacendado don Luis Flores Fritis en 1847/48, en un sitio alejado de la ciudad fundacional y separado de ella por el río Copiapó, sobre la parte baja de las lomas de Chanchoquín, siguiendo la tendencia decimonónica de separar los territorios de la muerte de los sectores habitados, tanto por motivos de salubridad como sociales. Hoy en día el avance urbano ya ha urbanizado los sectores aledaños, pero aún puede percibirse este sector como ajeno a la ciudad y a su continuidad urbano-arquitectónica, y desvinculado del río y de sus orillas. Actualmente el cementerio ocupa una superficie de unos 50.000 m2 y está organizado en torno a calles rectas formando una retícula más o menos regular, en la cual se van situando distintos mausoleos y tumbas en la parte central y algunos bloques de nichos que conforman una suerte de perímetro alrededor de los patios fundacionales o históricos, aunque con el tiempo el cementerio ha llenado su capacidad con nichos y tumbas de reciente construcción.

Este mausoleo es uno de los buenos casos que ejemplifican el desarrollo y evolución de la tipología típica de los mausoleos copiapinos. A una estructura sencilla de base cuadrada se le transforma en un pequeño templete sostenido por cuatro columnas de orden toscano de madera, un soberbio frontón triangular y rejerías de fierro forjado de intrincado diseño ornamental, que jerarquizan y ennoblecen la construcción. Por desgracia el mal manejo por parte de la administración del cementerio terminó usando su estructura como tendedero de ropa para los trabajadores del recinto.

Los patios históricos poseen tumbas que provienen principalmente de la segunda mitad del Siglo XIX y de los primeros años del siglo XX, y que reflejan una época de esplendor de la ciudad a través del auge de la minería, especialmente luego del descubrimiento del mineral de plata de Chañarcillo en 1832 y Tres Puntas en 1848. En sus calles podemos ver obras de diversos estilos, pero principalmente se observan distintas apropiaciones o interpretaciones más o menos populares del neoclásico más elemental, utilizando los métodos locales de construcción y que podemos ver en las construcciones patrimoniales de la ciudad del siglo XIX, vale decir, tabiquería de madera, caña y barro, con techos de calamina, paja o madera en algunos casos.

Mausoleo de la familia Lopehandía. Al diseño original del mausoleo se le añade una columnata de acceso para realzar y dar jerarquía, en este caso mediante un entablamento recto y órdenes cercanas al dórico, aunque con columnas de base cuadrada, que resisten el paso del tiempo a pesar del abandono y la aridez del clima. El acceso a la bóveda es a través de una sencilla puerta de arco de medio punto.

La mayoría de estos, a diferencia de los de ciudades más hacia el sur, son de planta rectangular o cuadrada muy simple, y de paredes lisas sin elementos ornamentales, y en algunos casos culminando en pequeños torreoncillos o linternas con celosías. En algunos casos de mausoleos más grandes, por ejemplo, de instituciones o regimientos, se podían usar columnatas y elementos decorativos más elaborados, como frontones, capiteles y torreones más grandes, aunque siempre en maderas nativas. El uso de la piedra o el mármol fueron muy escasos, y sólo se presentaron en tumbas de familias más acaudaladas, que podían costear la importación de materiales y elementos escultóricos a Europa. Esta diferencia con los cementerios tradicionales que podemos ver en la zona centro-sur del país, es uno de los mayores atributos de este particular camposanto, en el que se funden en un hermoso paisaje la aridez de los cerros y los tonos terracota de los viejos muros y maderas apolilladas y ruinosas, generando una simbiosis si se quiere de infinita belleza y armonía.

Un caso más escaso de la tipología es esta curiosa estructura tipo templete con techo curvo, con cubierta de calamina y coronada por un torreón decorativo, al igual que en otros casos, el frontón se sostiene por dos columnas que de modo elemental reinterpretan el orden dórico con los materiales locales.

Es muy frecuente el uso de puertas cerradas de madera, haciendo imposible conocer interiormente los mausoleos, a diferencia nuevamente con los cementerios tradicionales, en que se usaban rejerías de intrincado diseño, dejando ver los interiores y las dejando las lápidas a la vista. En los mausoleos más recientes, a partir de los años 30 y 40 del siglo XX, la madera y el adobe fueron reemplazados por el cemento, apareciendo estilos de más reciente implementación en el lenguaje arquitectónico adoptado por los constructores locales, como el art-déco y el racionalismo, claro que más por economía y austeridad que por apego a las corrientes de vanguardia. Sin embargo, estos no revisten mayor interés arquitectónico ni estético, aunque se adecúan bien con el entorno ya construido, especialmente al compartir una morfología y proporciones similares.

Muchos de los mausoleos del cementerio responden a esta conformación simple de base cuadrada o rectangular, en el que la estructura soportante se ve reflejada en los pilares insertos en los costados de la estructura, y nuevamente reflejan una cercanía elemental que la mayoría de las veces nos remite a los órdenes clásicos, en este caso el dórico. Sin embargo, en este y otros ejemplos podemos ver apropiaciones locales hacia otras fuentes estéticas más exóticas si se quiere, por lo que el acceso se produce a través de un curioso vano de arco conopial, usado en la lejana arquitectura tardo-gótica. Por desgracia esta ecléctica estructura se encuentra en un triste estado de abandono y decrepitud, condición lamentablemente recurrente en muchas de las estructuras más antiguas y valiosas.

El trabajo de los anónimos constructores locales es realmente importante, al abstraer e importar -reinterpretar, mejor dicho- modelos arquitectónicos y estilos foráneos de occidente a la realidad provinciana y lejana del Chile minero del siglo XIX, tal como ocurrió en otras localidades lejanas, como la isla de Chiloé. Desgraciadamente desconocemos el nombre de aquellos importantes constructores y maestros, y de todas las tumbas del sector histórico, sólo pude encontrar una placa de don Santiago Vigny Pincetti, constructor italiano que realizó el mausoleo de la Sociedad Libanesa de la ciudad, y que corresponde a una tipología distinta a la arquitectura más vernacular que se muestra en la mayoría de los sepulcros del sector antiguo.

Este es tal vez uno de los mejores ejemplos de eclecticismo arquitectónico encontrados en el cementerio, y da cuenta de un ejemplar manejo de las proporciones y la escala, incluso en estructuras funerarias, que afortunadamente se encuentra en muy buenas condiciones. El templete básico se ve ornamentado esta vez con un frontón clásico y tímpano calado. Sin embargo, las arcadas que sostienen el cornisamento presentan una extraña forma trilobulada, perteneciente al lenguaje gótico, influencia que se aprecia igualmente en el portal de acceso al mausoleo, aunque las columnas vuelven a lo clásico al ser diseñadas en estilo dórico. Sin duda, este es uno de los casos más interesantes de todo el recinto.

Fotos y Texto: Sebastián Aguilar Orozco, arquitecto. Las imágenes fueron tomadas el 03 de Julio de 2015.